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Yrigoyen, hombre del pueblo

Por María Sáenz Quesada

En un país fuertemente presidencialista como la Argentina, importa conocer la trayectoria y el estilo de Hipólito Yrigoyen, que resultó elegido en 1916 y en 1928 para presidir la Nación. Fue la gran figura de transición entre dos épocas, la del caudillo criollo tradicional y la del demócrata moderno que sabe armonizar los reclamos de las mayorías con el sometimiento a la ley que es de todos.

Yrigoyen (1852-1933) nació en un hogar de clase media, formado por un vasco y una criolla. El recuerdo del abuelo materno, ajusticiado por "mazorquero", entristeció su infancia y lo volvió sensible a los sentimientos de los vencidos, los perdedores, los pobres. Pero su formación en el país de 1880, lo llevó a venerar la Constitución Nacional y a centrar su ideario político en la defensa del sufragio, junto a su tío Leandro N. Alem, fundador del radicalismo y caudillo del barrio porteño de Balvanera.

Hipólito se familiarizó desde chico con las fuentes rurales de la producción argentina. En su juventud arrendó campos y fue estanciero; pudo así echar mano de sus establecimientos para financiar su labor política, en vez de usar a la política para volverse estanciero. Legislador provincial y nacional por el autonomismo, se mantuvo alejado de la política durante el auge del roquismo, hasta que la revolución de 1890 lo devolvió a la vida pública. En 1893, encabezó a los revolucionarios radicales de la provincia de Buenos Aires, y en 1905, ya como jefe del partido, puso en jaque al gobierno de Quintana y advirtió a los "notables", las consecuencias de no admitir a las mayorías en el gobierno.

Su forma de hacer política no era la de la gran oratoria de moda en aquella época, sino la del diálogo directo con la gente menuda. Paternalista y desprendido, donaba el sueldo de profesor de Instrucción Cívica en la Escuela Normal y más tarde, el de presidente. Su vida privada era misteriosa. No se casó, pero reconoció a sus hijos naturales.

Yrigoyen encontró en la filosofía krausista un modo de pensar en coincidencia con sus preocupaciones: moralidad en la función pública, austeridad, silencio, búsqueda de consensos, tolerancia. La idea cristiana de la reparación inspiró su obra de gobierno.

Si el siglo XX se inicia con la primera guerra mundial, fue Yrigoyen quien tuvo la responsabilidad de encaminar al país en ese comienzo altamente conflictivo, en que la única certeza era el fracaso del optimismo en el progreso indefinido de la humanidad. Y el primer presidente elegido democráticamente, tan optimista como sus contemporáneos, soportó la resistencia al cambio de los factores tradicionales de poder y los primeros indicios de la quiebra del esquema económico que desde 1870 venía asegurando la prosperidad argentina. Sin embargo, le puso una bisagra a la historia, no se envaneció, ni dejó de lado su estilo pausado, hecho de misterio y de silencios. Fue hasta el fin de sus días, antes que nada Yrigoyen, un hombre del pueblo, reconocido como tal por sus compatriotas y que creía firmemente en la "causa" que el destino le había encomendado.

2004. Matías Bailone. Villa Mercedes, San Luis.