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Los primeros cien años de nuestra disyuntiva histórica.

“Civilización o Radicalismo” : la UCR, la nacionalidad, y la articulación política de la identidad comunitaria.

Primera parte:

Leandro N. Alem antes de la fundación del partido radical.

 

 

Por

Leandro Querido

Ciencia Política. Universidad de Buenos Aires.

Argentina.

 

 

 

“Esa agrupación no tiene regalías que ofrecer a sus afiliados. No interviene en la aplicación de un centavo de la renta pública, lo que equivale a decir que no dispone del más modesto empleo. No tiene, ni pide, posiciones. Rehúsa, sistemáticamente, las evoluciones con la situación gobernante, que puedan abrirle vías de acceso a las ventajas gubernativas.

A pesar de todo esto existe. Este es un hecho notorio. Vive de sus sentimientos, de sus pasiones, de sus ideales, que mantiene con un calor y con una fe que no guardan consonancia con el espíritu oportunista y utilitario en boga en estos tiempos [...] es un fenómeno revelador del alma nacional: es un hecho del espíritu argentino”

Diario La Prensa, Editorial del 29 de febrero de 1905.

 

“...¿Cuál será el desenlace de este drama? Creo firmemente que la guerra.[...] Ya que lo quieren así, sellaremos con sangre y fundiremos con el sable, de una vez y para siempre, esta nacionalidad argentina que tiene que formarse, como las pirámides de Egipto y el poder de los imperios, a costa de la sangre y sudor de muchas generaciones”.

Julio A.Roca. Carta del 23 de abril de 1880.

 

A.- Introducción.

 

El presente ensayo se centra en el estudio de la figura de Leandro Alem por lo cual nos valdremos del aporte que la filosofía política realiza sobre la relación entre la acción y la política, entre ciudadanía, sujeto político y democracia . Sobre esta base realizaremos una serie de interpretaciones acerca de los distintos períodos por los cuales atraviesa el fundador del radicalismo. Esta periodización nos permitirá captar el proceso por el cual Alem auto afirma su identidad incorporándola a una mayor, de carácter colectivo. En esta búsqueda por darle un sentido a su acción se deja captar el conflicto generado por el proyecto liberal, iniciado en Mayo de 1810, tendiente a la reducción a la unidad política y la tensión que éste genera al pretender desarticular la personalidad colectiva del movimiento popular. A los efectos de evitarlo el fundador del radicalismo construye un relato histórico en donde se ubica conectándose con otras personalidades de nuestra historia. Alem se situará, por lo tanto, en un espacio político junto a Mariano Moreno, Artigas, Dorrego y los caudillos federales, frente a ellos se encuentran Rivadavia, Alvear, Lavalle y más tarde los liberales de su época. Como veremos, para Alem no hay civilizados y bárbaros sino extranjerizantes y nacionalistas, aristócratas y populares, centralizadores y autonomistas, unitarios y federales. Como consecuencia de este desarrollo el presente ensayo intenta cuestionar el enfoque histórico que clasifica a Leandro N.Alem bajo el rótulo de liberal. Este trabajo sostiene, por el contrario, que el fundador del radicalismo se inscribe en lo que se denomina corriente nacional. A esta arriba, como dijimos, luego de un proceso de auto afirmación indentitaria. Para captar estos cambios proponemos una periodización que se inicia en su militancia temprana en los clubes autonomistas y termina con el Alem revolucionario. Proponemos, por lo tanto, una suerte de continuo en donde al inicio tenemos un Alem cercano al liberalismo, luego, a medida que nos alejemos de ese punto de partida, encontraremos al fundador del radicalismo definitivamente separado de esta corriente que ahora impugnará y acusará de pretender “asfixiar la nacionalidad”. A los efectos de poder avanzar sobre esta línea interpretativa nos introduciremos en el campo de la problemática de la nacionalidad y la identidad .

En el marco del período histórico estudiado se puede distinguir la tensión en el desfasaje entre los derechos institucionalizados, establecidos en la Constitución del 53/60, y el efectivo ejercicio de la ciudadanía. Para Roca la tarea central que tenía el flamante Estado Nación consistía en conformar la nacionalidad. Nacionalidad y ciudadanía eran conceptos inescindibles. Desde el gobierno de Mitre en adelante, los liberales se encontraban en una pelea contra reloj cuyo propósito era fabricar un ciudadano nuevo para el nuevo Estado. Pero lo que quedó evidenciado con Alem es que la ciudadanía es un acto, y como tal puede sobreponerse a las planificaciones institucionales. La denuncia de Alem pasa por deconstruir la fisonomía de ese nuevo prototipo de ciudadano que desde el gobierno de Mitre se estaba pergeñando. A este efecto, el fundador del radicalismo, intentará articular políticamente la identidad comunitaria con el propósito de resistir este embate. Lo hará no sin tensiones y contradicciones.

En una primera etapa (1872-1877) , cuando joven, participará en una serie de clubes políticos en el marco del autonomismo con la intención de alcanzar un entendimiento dialógico con los sectores dirigentes. Se presentaban en el espacio público restringido de su momento, como jóvenes colaboracionistas con intenciones de sumar esfuerzos. Presentaban, a partir del uso público de la palabra, una “orientación democrática” y en función de ella insinuaban el modo en que se deberían orientar las medidas gubernamentales. En esta etapa todavía no aparecerán las contradicciones entre el mundo de la vida y el sistema, debido a que la acción del joven Alem pasa por la búsqueda de compromisos en el marco de ese mundo. Este es el momento en el que más cerca se encuentra del ideario liberal de su tiempo.

Mas luego, en una segunda etapa (1877-1880), Alem se encuentra ya con algunas desilusiones: la “conciliación” entre mitristas y alsinistas, por un lado, y el avance arrollador de los que quieren sancionar la Ley de Federalización, por el otro. Persisten en un primer momento los rasgos de la primera etapa. Pero la violencia con que se lleva adelante el proceso de conformación del Estado nacional lo lleva a asumir una postura antiestatalista de resistencia ciudadana. Debido a ello, y a diferencia de la primera etapa, la intromisión de la lógica del sistema comienza a penetrar el mundo de la vida. La elite, ya al frente del nuevo Estado, impone un consenso que Alem rechaza por ser una pretensión particular no universalizable. Y es aquí cuando Alem rompe con una concepción de pensar y de hacer política. Incorpora la idea de pueblo en su base argumental, comienza a dejar atrás la idea de una república universal de individuos portadores de razón, para asumir (incipientemente) una defensa de los derechos del pueblo. De esta manera introduce la idea de nación, de nacionalidad preexistente al aparato estatal en formación. Hay una necesidad de construir un relato histórico que le permita ubicarse como sujeto, que le permita afirmarse identitariamente. El debate de la Federalización de Buenos Aires será la ocasión para desarrollarlo. Es en este momento en que recurre a la interpretación histórica. La historia argentina está atravesada por una confrontación entre dos tendencias opuestas: una unitaria, centralista, aristócrata y extranjerizante. La otra, federal, autonomista, popular y nacional. Al ubicarse Alem en la segunda tendencia le da sentido a su lucha. Es este el momento en que aparecen las disrupciones. Abandona el intento de ser reconocido en un diálogo con el liberalismo gubernista, y avanza sobre una concepción más radical. Con la Federalización, el desacuerdo con el liberalismo, al cierre de esta etapa, se amplía considerablemente. Alem renuncia a su banca y se aleja de la política entendida como reconocimiento dialógico. Estamos ante el comienzo de una nueva etapa.

Por una década no hará política en el sentido en que lo venía haciendo. Desaparecerá del restringido espacio público del momento. El principio de la tercera etapa (1890-1891) está signada por la afirmación de una identidad individual como parte de una colectiva, por el encuentro con el movimiento popular de su época, por la necesidad de articularlo políticamente a los efectos de que se pudiera constituir como sujeto político. Con respecto al primer punto podemos decir que es el momento en que más se aleja del liberalismo de su época. Defenderá el derecho a la revolución de los pueblos en una Cámara de Diputados intoxicada por el clima de época evolucionista. Asumirá su identidad marcando un punto de no retorno cuando dice: “debo confesarlo señores soy revolucionario”. Romero logra captar el trasfondo de su intransigencia: “El principio era, en su superficie, una norma política; pero respondía a la firme convicción de que la masa popular tenía aspiraciones que la oligarquía no podía satisfacer y exigencias que solo podrían lograrse con el triunfo total” . En este contexto la actividad parlamentaria ya no tiene sentido. En sus palabras es el lugar en donde “solo se oye la voz de los opresores y nunca la de los oprimidos”. La política ya no es diálogo sino desacuerdo, litigio, conflicto. Debido a ello aparece la necesidad del acto revolucionario, de articular la comunidad política. Es un momento extremo, Alem lo entiende así. En palabras de Ranciere este disenso político puede ser interpretado como “aquel que hace ver que pertenece a un mundo común que el otro no ve”.

B. Primera etapa 1872-1877: Las esperanzas del joven Alem.

 

En esta etapa se podría sostener que la concepción ciudadana que prima en Alem se relaciona a la república universal kantiana. En este marco asume el fin de la naturaleza como propio. Su actividad política está consustanciada en la idea de progreso moral cuyo desarrollo se encuentra supeditado a la consolidación de las instituciones y por ende de la legalidad. Esto es considerado como signo de civilización. Los intercambios se producen entonces entre los hombres libres que forman parte de esa comunidad de discurso. La primacía del individuo, de su Razón y de la capacidad milagrosa de producir cadenas de acciones representan argumentos muy fuertes como para ser desafiados por un joven como Alem. Si bien hay diferencias políticas entre este y los liberales de su época, todos, forman parte del mismo entramado discursivo y por lo tanto sus demandas de carácter popular podrán imponerse por el hecho de ser el mejor argumento. De esta manera se accede a compromisos entre las partes en deliberación. Alem se halla ante los miembros de la elite liberal tratando de alcanzar equilibrios de poder a partir de estas negociaciones. En esta acción de carácter comunicativo se inscribe el ejercicio de la ciudadanía para el fundador del radicalismo. Aquí todavía no hay decepción sino esperanza. Esperanza de llegar a entendimientos entre hombres libres; esperanza de tiempos mejores que entusiasman a los hombres a hacer algo por el bien universal. Es el momento en el que más cerca se halla del ideario liberal, marco ideológico bajo el cual encuentran legitimidad los argumentos alberdianos y sarmientinos a favor de la inmigración y la educación ciudadana, por ejemplo. La función del político para el joven Alem es similar a la del filósofo kantiano: “Es el uso de la razón y las posibilidades de incidir públicamente en las instituciones existentes lo que hace posible la reforma que articula el progreso, entendida como perfeccionamiento de los hombres” . El Congreso aparece como el ámbito natural en donde las inteligencias batallan. Esta es la etapa en donde el mandato kantiano de “razonad todo lo que queráis y sobre lo que queréis pero obedeced” se impone con fuerza en el joven Alem.

La política se le aparece como carrera, como profesión. Desde joven será elogiado por la prensa liberal. Esta le auguraba un futuro prometedor, lo que equivalía a poder alcanzar un lugar entre la clase dirigente de su época. En este sentido “Héctor Varela ha dicho en La Tribuna : “El apreciable joven Alem, que ha dado un magnífico examen y pronto será abogado es una de las bellas esperanzas de la patria”. El Nacional agregó: “Ha de ocupar un lugar distinguido en el foro argentino” . En su tesis de graduación sostenía que el espíritu humano tiene un “rayo de divinidad” y que el hombre encuentra “su personalidad en la razón”. La política asumida como carrera lo lleva a aceptar un cargo en el Consulado argentino en Brasil. Al poco tiempo regresa.

Alem con su participación temprana en el Club de la Igualdad, luego el Club 25 de Mayo y posteriormente el Club Electoral había colaborado en la confección de una serie de programas que denunciaban tempranamente la pérdida de la autonomía de las provincias y por ende el debilitamiento del federalismo. Estos clubes conformaban distintas facciones de lo que era el Autonomismo (que desde el 62 se oponía al proyecto recurrente de federalizar Buenos Aires). Estos espacios representaban uno de los pocos canales participativos en donde uno a título individual podría acompañar un programa que instase al gobierno a realizar reformas de algún tipo o a cambiar determinado rumbo. En esta etapa el gobierno liberal estaba fortalecido pero no al punto de no atender mínimamente algún tipo de reclamo que surgiera de estos precarios clubes. Alem desde joven mostraba sus rasgos populares: “En vísperas a las elecciones de 1868 el futuro abogado Leandro N. Alem, con un grupo de jóvenes amigos, funda el Club de la Igualdad [...]. Este se funda en el marco del autonomismo y se opone a otro Club, el Libertad, “constituido por gente de solvencia económica de la provincia”. El Club de Alem representa una “fuerza juvenil de orientación democrática” . Un hecho que confirma que el gobierno atendía este tipo de formaciones es la cantidad de miembros que al poco tiempo serán funcionarios del Estado Nación en formación. Muchos de ellos futuros presidentes como Quintana, Pellegrini, Sáenz Peña etc. Estas asociaciones de individuos eran una suerte de “cantera” de futuros funcionarios, dentro de ellas podían mostrar o sus ideas novedosas o su capacidad de hacer “daño” al Estado en formación. Los programas en este espacio público restringido cumplían una función importante. Podían ser reconocidos y por lo tanto convocados a la administración. Según Oszlak esta capacidad de cooptación ha sido de vital importancia para alcanzar el orden político.

Estamos en presencia del Alem progresista; sostenía, de modo similar a la generación del 37´, la idea del pensamiento conciliatorio (cabe aclarar que este club presentaba un sesgo federal a diferencia de la generación del 37´ cuyo sesgo era unitario). Buscaba convencer al gobierno de que era preciso el cambio democrático. En la proclama constitutiva del “Club de la Igualdad” (21 de mayo 1868) algunas de estas posiciones estaban incluidas: “debemos todos con voluntad incontrolable, defender una hermosísima causa, la causa de la Patria y contribuir como miembros de una generación a levantar bien alta una gran bandera, la gran bandera de la nacionalidad argentina, que representa todas nuestras tradiciones”. “debemos propender a vivir en la vida democrática” [...] “¿cuál es el primero y más importante de los derechos que la Constitución acuerda al ciudadano? El derecho electoral” . “Porque sólo existirá la patria y la confianza en la paz a cuya sombra progresaremos, cuando los que dirijan sean elegidos por el pueblo y no por círculos pequeños que realizan sus ambiciones bastardas por la intriga y el maquiavelismo” . El sufragio universal, que fue el rasgo predominante de la lucha del partido radical, es proclamado en el marco de la concepción del joven Alem como un aporte capaz de ampliar los límites del espacio público. Dos años después, se constituye otro club, 25 de Mayo, del cual también forma parte. En enero de 1870 dan a conocer un programa que se oponía al proyecto de la Federalización de Buenos Aires. “El programa del Club 25 de Mayo es un documento de mucho interés por dos motivos: primero, porque proclama la necesidad de reformar la Constitución de la provincia (objeto logrado poco después), y en segundo lugar, porque propicia la reforma de algunos aspectos de la organización política provincial que eran puntos clave para el manejo de la misma. Se trata de la elección popular de jueces de paz de la ciudad y la campaña [...] el punto 5 del programa pide además que se reduzcan las facultades de esos jueces a lo puramente jurídico, para que puedan ser realmente útiles en la localidades, y no magistrados con facultades omnímodas. El imperio de sufragio popular, sin el cual ‘...el sistema de gobierno es una farsa que sólo dan vida los círculos', es otro de los objetivos programáticos. En otro orden de cosas, el punto 6 reclama la abolición del servicio de fronteras [...] el punto 7 “pide la rebaja del precio de la tierra pública”. Chiaramonte sostiene que dicho programa “apunta a algo de gran valor para la vida política de la provincia de Buenos Aires: la autonomía de los municipios. La demanda de elección popular directa de sus órganos de gobierno tendía a sustraerlos del dominio de los círculos políticos para darlos directamente al pueblo” . Para Barba la importancia de esta proclama se debe al hecho de que es “es la primera vez que un comité lanza un verdadero programa de gobierno, y que si bien es continuación del Club de la Igualdad, sus principios y reivindicaciones son mucho más amplias” .

Todos estos temas formaban parte de los reclamos del movimiento popular de la época; resaltamos algunos emblemáticos como la elección popular de los jueces de paz , la abolición del servicio de frontera, tema que es abordado más tarde por José Hernández en su Martín Fierro o las rebajas del precio de la tierra ya que esta “solo está al alcance de los poderosos” .

Alem llevará al debate parlamentario algunos de estos contenidos. Entre 1872 y 1875 ocupará una banca como diputado provincial y luego como diputado nacional. Su labor se centrará en cuestiones jurídicas, en proyectos puntuales como por ejemplo: la necesidad de incorporar a la universidad nacional una cátedra de procedimientos judiciales, la importancia de que los principios racionales del derecho y sus principios de justicia llegasen a las unidades carcelarias y de esta manera evitar que convivan presos condenados con personas en proceso o discusiones acerca de la fundación de nuevos partidos o jurisdicciones en el territorio bonaerense. El joven Alem sostiene que el debate parlamentario es el ámbito natural del espacio público democrático. Un espacio que había que defender y desarrollar. Quizá por ello enfrente la revolución mitrista del 74. La amenaza de Mitre resulta improcedente, no comulga con esta idea epocal del progreso. Para el Alem de esta etapa se necesitan ideas y no armas. Es la etapa de los programas , de la búsqueda de reconocimiento, de la esperanza de validar el mejor argumento en el espacio público restringido de su época. Del acuerdo a través de la acción comunicativa. Esta visión cambiará rotundamente en la medida que Alem reafirme su identidad, la inscriba históricamente y en función de ello cambie sus formas de pensar y hacer política. Se encuentra, todavía, lejos. El pensamiento dicotómico del joven Alem así lo refleja: “yo he dicho antes que ahora. Yo no pertenezco a la escuela utilitaria; pertenezco a la escuela racional, y jamás influirá en mis determinaciones la consideración del cálculo, sino de la razón y de la equidad” . Nada dice acerca de las fuerzas que motorizan la historia de nuestro país, cuando lo haga sostendrá que él no comulgará con la escuela liberal, por el contrario, formará parte de la escuela nacional. En sus declaraciones, en la sesión del 4 de septiembre de 1874, detalla la crítica situación del país, sin embargo no ahonda sobre sus causales: “Al pensar que en sesenta años de vida propia e independiente, nos encontramos en un estado tan lamentable, sin elementos y sin fuerzas propias, sin actividad industrial, artística y científica de ningún género” , Alem describe, pinta un cuadro social sin avanzar sobre las causas de su origen. Son comentarios, no son denuncias acusatorias, seguidamente el joven Alem lo aclara y pone en evidencia su intención de respetar los límites de este espacio público: “Todo esto, señor presidente, bien meditado, sin ánimo preocupado, con el espíritu sereno y tranquilo como corresponde al legislador, se ve que no es exacto” . Alem cuida al máximo el tono de sus críticas. El futuro fundador del radicalismo, ahora diputado nacional, lejos de auto afirmar su identidad es influenciado por el espíritu epocal: “Se dice que nuestra Constitución está respirando libertad, franquicias, liberalidades. Esto es indudable, porque nuestra Constitución es tal vez más liberal que la de ningún otro país del mundo. En ningún país se goza tal vez de más libertad que en el nuestro...y es un motivo de orgullo para el país” . Cuando falta poco para que se produzca el cisma autonomista, en las sesiones del 76, introduce y defiende la problemática de la causa federal, pero su defensa se basa en la premisa del mejor argumento todavía. No ha realizado aún una interpretación histórica-política que le de sentido y fuerza a sus argumentos originales.

 

C. Segunda Etapa 1877-1880: Tensiones entre pensamiento y realidad.

 

Esta resulta ser una etapa de cambios profundos. Alem comienza rompiendo con su entorno político. Se aleja de Adolfo Alsina tras su “conciliación” con los mitristas, y como reminiscencia de la etapa anterior funda junto a Aristóbulo del Valle un nuevo partido, el Republicano, para algunos autores el primer partido de principios. Desde aquí canaliza el descontento de los jóvenes ante esta “conciliación”. Tras la muerte de Alsina, se unifica el partido autonomista bajo la dirección de los sectores más reaccionarios de la provincia de Buenos Aires. En palabras de Barba: “en la segunda mitad de 1878 cuando, podemos afirmar, que se produce la frustración del grupo político democrático y reformista que había actuado bajo un mismo plan político, absorbido por las fuerzas políticas respaldadas por el prestigio de sus apellidos y el poderío económico de una provincia. El partido republicano fue el intento de manifestarse abiertamente y su derrota, fue la derrota de un cúmulo de ideas de avanzada. La causa fundamental de la misma la encontramos en la fuerza vital de estas ideas que no hallaron ni podían hallar eco en los grupos de dirigentes tradicionales” . Estas debilidades del espacio dialógico lo iban a llevar a Alem a reconsiderar muchas cuestiones. Cuestiones conceptuales, políticas e identitarias. A partir de este proceso de reflexión aguda surge otro Alem.

El “Roberspierre” de Balvanera gana una banca a fuerza de entreveros, balas y cuchillos. La violencia con la que se está llevando adelante el proceso de conformación del Estado Nacional lo llevará a asumir desde una postura antiestatalista de resistencia ciudadana, de defensa de la libertad individual, de defensa de los derechos individuales ante un Estado que pretende absorberlos en un principio hasta llegar a la defensa del derecho de los pueblos a la revolución. Es un momento de tensión entre el mundo de la vida y el sistema. Y es aquí cuando Alem rompe con una concepción de pensar y de hacer política. Este proceso puede ser abordado de la siguiente manera. El primer elemento que nos permite captar esta etapa de ruptura es su posición parlamentaria en el debate sobre la conformación de un ejército nacional. Defiende la postura de mantener las milicias provinciales ya que es una forma de tener al pueblo armado en su defensa. Al incorporar la noción de “pueblo de las provincias” comienza a dejar atrás la idea de una república universal de individuos portadores de derechos, para asumir (incipientemente) una defensa de los derechos del pueblo. De esta manera introduce la idea de nación, de nacionalidad preexistente al aparato estatal en formación. Pero para que esto pueda conectarse es preciso que este pueblo tenga una historia, una herencia material y espiritual, un “ius sanguinis” . Hay una necesidad de construir un relato histórico que le permita ubicarse como sujeto, que le permita afirmarse identitariamente. Es aquí cuando incorporamos el segundo elemento : el debate de la Federalización de Buenos Aires. Es en este momento en que para legitimar su fuerza ilocucionaria recurre a la interpretación histórica. La historia argentina está atravesada por la lucha de dos tendencias opuestas: una unitaria, centralista, aristócrata y extranjerizante. La otra federal, autonomista, popular y nacional. Al ubicarse Alem en la segunda tendencia le da sentido a su lucha. Aquí aparecen las disrupciones. Abandona el intento de ser reconocido en un diálogo con el liberalismo gubernista, y avanza sobre una concepción más radical: el actuar implica tomar posición en el conflicto político que existe cuando, en palabras de Rancière, “en el orden natural de la dominación es interrumpido por la institución de una parte de los sin parte” . Sus proposiciones dominantes dejan de ser las regulativas (relacionadas estas con la posibilidad de establecer relaciones interpersonales en un mundo social compartido) y ocupan este lugar las expresivas tendientes a exteriorizar sus experiencias íntimas de su mundo subjetivo compartido ya que se relaciona con la “nacionalidad asfixiada”. Este cambio se debe a su desconfianza creciente ante ese espacio público restringido que deja de mostrarse abierto al delinear sus límites. Dado que estamos ante un hiato clave de la modernización capitalista (la consolidación del Estado nación a partir de la Federalización de Buenos Aires) podemos interpretar el conflicto de Alem con los liberales en el marco de la contradicción entre el mundo de la vida (en donde Alem asume una acción dramatúrgica reclamando la autenticidad de un mundo subjetivo común) y el sistema, cuya lógica es la del dinero y el poder, y no la solidaridad a través del lenguaje. Aquí los campos de acción del sistema no son los del lenguaje como en el mundo de la vida sino que son los de la economía mercantil y la administración estatal burocrática. Este se caracteriza por las tensiones que genera la “colonización del mundo de la vida” .

Con la Ley de Federalización el desacuerdo con el liberalismo, al cierre de esta etapa, se amplía considerablemente. Alem renuncia a su banca y se aleja de la política entendida como reconocimiento dialógico, para él ya no habrá una comunidad de discurso dado que resulta imposible el reconocimiento. Detrás del velo del universalismo kantiano se esconden los intereses particulares de los que llevan adelante la etapa de modernización. Las tensiones entre contextualismo y universalismo lo harán abandonar la idea de una democracia deliberativa basada en los términos que el liberalismo está conforme a aceptar, y asumirá, a partir de allí, una postura radicalizada. Nos adentramos, de esta manera, en una nueva etapa del fundador del radicalismo.

Pero ¿Cómo era el relato histórico en el cual Alem se auto inscribe? Para Alem la revolución de Mayo fracasó por carecer de una impronta popular, porque rechaza la identidad de los pueblos del interior. Esta identidad para Alem tenía una fuerza original forjada al calor de la primera lucha por la emancipación de España: “Nosotros no existíamos políticamente cuando éramos una parte, un pedazo de la monarquía española, si me es permitida esta frase. Fuimos, nacimos, cuando se rompieron esos vínculos odiosos [...]. “Del ‘no ser' no se puede arrancar ni deducir nada. La transición fue profunda. Y tampoco nos desprendimos [...] como una nación; fueron los pueblos oprimidos <los> que sacudían el yugo uno tras otros [...]”. Según Alem cuando se rompió con la monarquía no se lo hizo como una “sola Nación” sino que fueron los caudillos, los pueblos de las provincias los que lo hicieron: “con esos caudillos venían los pueblos, pues eran esos pueblos los que debíamos atender”. Las disrupciones van en aumento ya que la reducción a la unidad que venía llevando a cabo el Estado Nación se venía haciendo en detrimento de los caudillos. Su exterminio venía acompañado de toda una prédica oficial racista que encuentra sus antecedentes en la obra emblemática de Sarmiento Facundo . Alem comienza a desafiar los límites de esa supuesta comunidad discursiva poniendo como se dice vulgarmente “el dedo en la llaga”.

Alem define las dos tendencias, con relación a la organización política y social del país de la siguiente manera: “la tendencia centralista unitaria, y aún puedo decir aristocrática, y la tendencia democrática, descentralizadora y federal que se le oponía” . En la sesión de la Cámara de Diputados del 15 de septiembre de 1879 manifiesta el carácter antinómico de las “dos tendencias”. La tendencia unitaria, para Alem, nada tiene que ver con la nacionalidad auténtica, es por definición antipopular. La nacionalidad se encontraba en las provincias que desde la época colonial habían configurando una identidad comunitaria particular. La tendencia unitaria pretendía imponer patrones culturales ajenos a esta realidad. Alem sostenía que él no pertenecía, por lo tanto, a la “escuela autoritaria”, él pertenecía a la escuela nacional. Continua más adelante haciendo una crítica a las tendencias monárquicas y antipopulares de algunos hombres de Mayo: “Entre nosotros las cosas pasaron de distinto modo. Fue la tendencia unitaria pura, y aún la idea monarquista que dominó desgraciadamente a los primeros hombres de la revolución, tendencia funesta que ha sido el origen y la causa –como he de demostrar más tarde- de la mayor parte de nuestras desgracias, retardando la organización definitiva de la República y entregando a las provincias a todas las calamidades de la anarquía y de la guerra civil”. Alem nos plantea muy claramente cuál es su posición ante la historia de nuestro país. La “pretensión exagerada de una autonomía absoluta” de los hombres de Mayo resultó ser un error, para él; la revolución debería haberse radicalizado incorporando las autonomías de las provincias “que debían componer la Nación; si, en una palabra, queríamos operar una transición profunda de nuestra vida política y social [...] para establecer un nuevo orden de cosas y de ideas [...]” .

La tensión identitaria de nuestra historia queda plasmada en el discurso de autoafirmación de Alem. Aquí se vislumbra el estrecho vínculo entre la dinámica del desarrollo histórico de nuestro país con el de la región. Como bien sostiene Biagini “dentro del ámbito latinoamericano (...) pueden diferenciarse sintéticamente dos grandes bloques o direcciones valorativas. La primera de ellas, históricamente hegemónica, responde a intereses factoriles que se traducen a través de una cultura elitista en la cual se diluye tanto la universalidad como la mismidad de la humanidad americana” .

La antinomia liberal quedó sintetizada en el apotegma sarmientino de “civilización o barbarie”. Sobre esta antinomia se intentará construir un sistema cultural, social y político con una fuerte impronta positivista. Si bien este representó un conglomerado con matices la concepción que a grandes rasgos propugnaba era “antiamericana y antidemocrática” . En este sentido adherirán a una corriente marcadamente universalista del conocimiento, en donde lo peculiar, lo circunstancial queda relevado, es decir lo nativo, lo criollo no presenta ningún tipo de relevancia. La diversidad por lo tanto resulta ser una suerte de obstáculo ante la inexpugnable universalidad de lo humano. El atropello, en las vertientes más extremas de la traspolación fue sedimentando una resistencia que tendría la pretensión de asumir la forma de la “mismidad americana”. Esta tensión es captada por Biagini: “el cosmopolitanismo y el europeismo frente al criollismo o al nativismo, los puertos y las ciudades frente al interior y al campo, las elites y el individuo frente al pueblo y la sociedad...” .

Alem al superar los límites de la comunidad discursiva restringida (lo que fue equivalente a romperla), al ver alejarse toda posibilidad de consenso, al notar que la única manera de ser reconocido era a través de la cooptación y no a través de la disidencia iba acercándose, según el discurso civilizatorio y liberal a las huestes de la “barbarie”. Así se inscribe en las conclusiones a las que arriba Etchepareborda cuando considera al radicalismo como representante de la “última montonera” .

En la sesión del 17 de septiembre de 1879 se discutía nada menos que la posibilidad de constituir un ejército nacional. Alem no puede alejarse de su vocación revolucionaria, federal y popular cuando sostiene que las milicias deben estar en manos de cada una de las provincias (y del Congreso) y de este modo disponer de un instrumento de defensa ante la soberanía amenazada o atacada por parte del Estado central. Para Alem los ejércitos permanentes son una amenaza a las libertades públicas, y “más de una vez el pueblo de las provincias sería víctima de los extravíos o malas intenciones de los mandatarios que tuviesen aquel instrumento de opresión en sus manos”. Y con relación al carácter popular de las milicias sostendrá: “Con las milicias no hay ese peligro, porque si ellas pueden servir eficazmente, bien organizadas, a la defensa de las instituciones y de los altos intereses al cuidado de los poderes públicos, compuestas y salidas del mismo pueblo, no se prestarán a levantar y sostener un déspota” . La milicia “no es más que el mismo pueblo armado [...]” . Pareciera estar presente en Alem ya por esa fecha la intención de llevar adelante una revolución ya que su crítica a los ejércitos permanentes se puede llegar a entender como un impedimento para articular revoluciones en el interior del país. Por otro lado queda claro que el aspecto popular de las milicias resulta ser un instrumento para la defensa de la identidad de los propios pueblos de las provincias. Esta misma posición ha asumido, pero con respecto a la educación, allá por 1876 en la Cámara de Diputados de la Nación cuando estuvo presente el Ministro de Instrucción Pública de Nicolás Avellaneda, Onésimo Leguizamón. Alem se enfrentaba contra la tendencia de la escuela autoritaria que pretendía quedarse con el manejo centralizado de la educación. Al igual que Sarmiento, Alem, sabía cuáles serían las consecuencias que esto traería aparejado.

Estas posiciones lo alejarán definitivamente del progresismo de su juventud para asumir con virulencia la postura contraria. Al sostener que Alem era antiprogresista lo afirmamos en el sentido de que no lo era en los términos en los que lo planteaba la intelligentzia liberal. Biagini de esta manera reproduce el clima epocal: “El reverso del ochentismo argentino, su trasfondo ideológico y su realidad histórica, nos muestran algunos límites insalvables. Al desmontar ese mecanismo de relojería –supuestamente regulado para siempre- se descubre que no marca el mismo tiempo para todos, que hay una mayoría ajena al cuadrante del progreso, al cual debe empero lubricar y sujetarse al sentir dominante sobre el agotamiento de los ciclos revolucionarios”, “(...) modernización epidérmica en la cual tienden a imponerse alternativamente distintos hechos y proclamas: el sufragio calificado o fraudulento, el primado de las razas y doctrinas ´superiores`, el desprecio por la masa nativa y extranjera, la exaltación del héroe y los grandes hombres, el escarnecimiento de las figuras populares (...)” .

Liberalismo, progresismo y modernización operaban como términos inescindibles, eran los tópicos centrales de la comunidad discursiva . Alem acusaba a la dirigencia que promovía este conglomerado tripartito de ser “ellos mismos <los que> contribuyen a difundir, a sembrar la desconfianza, a aflojar los resortes morales, y, en una palabra, a hacer un pueblo mercantil: a cerrar la vida pública, a cerrar la vida política de esta manera, y decirle a un pueblo que sólo se debe entregar a los negocios económicos [...] Así será un pueblo de mercaderes” .

Para los liberales, para la “tendencia unitaria centralista” la federalización de Buenos Aires representaba el icono del progreso y la modernización. Era el signo del triunfo. Como contrapartida lógica es el signo de la derrota de una manera alternativa de sentir la nacionalidad. “Debilitamos los vínculos federales, se decía, y hacemos peligrar la nacionalidad. Estrechémonos, fortaleciendo el poder central. Qué lamentable confusión y contradicción de ideas [...]. Precisamente lo uno es incompatible con lo otro. No es modo de estrecharnos entre nosotros fortaleciendo aquellos vínculos, si nos arrimamos tanto al tronco, que se llama poder central; si nos vamos asimilando con él, o mejor dicho siendo absorbidos” . Para Alem la nacionalidad que se construía desde el poder central no era representativa de los pueblos de las provincias sino de los detentores de poder central. Irónicamente se cuestiona ¿Emancípense; vivan por sí solas; prosperen de una vez; por qué, entonces, mientras tanto, queremos monopolizar todos sus agentes más poderosos de que pueden disponer para su engrandecimiento? Nosotros les decimos que vivan solas, y les arrancamos los medios necesarios para que progresen, y las tenemos bajo nuestra tutela. Hay una contradicción de ideas en esto” .

Las diferencias están más presentes que nunca, para Roca la Federalización es el punto de partida para la creación de la “nacionalidad argentina” pero esto implica negar la afirmación identitaria de la nacionalidad existente. El cuestionamiento de Alem será incisivo: “Pero es que parten de este error: que se cree a la Nación un cuerpo, una entidad completamente distinta de los Estados Federales”.”La Nación no es otra cosa, que todas las comunidades políticas, llamadas Provincias, entrelazadas y ligadas con ciertos vínculos para formar una comarca más poderosa, respecto de las demás comarcas extranjeras y auxiliares...” .

En el debate parlamentario, el propio José Hernández polemiza con Alem al defender esta ley. Su argumento central pasa por acusarlo de antiliberal: “Nuestros opositores de hoy –decía- no están con las tradiciones liberales que representaba Alsina; están con un héroe desgraciado de lejanos tiempos, están con Artigas. Sólo Artigas ha protestado contra la capital de Buenos Aires; fueron los diputados de Artigas los que en la Asamblea del 13 se presentaron trayendo, entre las instrucciones dadas por el caudillo oriental, cláusulas ineludibles... Así pues, el apóstol de esta resistencia es Artigas... ”. Estas acusaciones no hacían más que confirmar su autoafirmación identitaria que describimos antes.

Para Alem solo se podrá constituir un sistema federal si las partes que desean confederarse se encuentran los suficientemente “fuertes y poderosas para mantenerse ilesa su independencia”. La tendencia centralista, sostiene Alem, cree que la “Nación es una entidad separada con ‘derechos absolutos' que puede sobreponerlos, en todo caso, a las provincias. Es un gravísimo error. La Nación es un resultado” . Esta tendencia es una manifestación de la “escuela autoritaria”. El hecho de calificarla de esta manera implica una notoria ruptura con el joven Alem. Aquí desaparece la esperanza y avanza el pesimismo, se evapora la comunidad discursiva y la idea de reconocimiento.

En sintonía con el tono desafiante de su defensa del caudillismo, en la sesión del 15 de septiembre de 1879 Alem prepara otra ruptura clave al denunciar el carácter extranjerizante del nuevo Estado Nacional. Plantea una invocación a la posibilidad de construir un proyecto propio, nacional y popular dejando al desnudo las diferencias con el vigente: “Y es conveniente [...] que no nos ‘apeguemos' tanto al extranjero. Yo no desconozco las bellas instituciones que pueda tener la Inglaterra [...] pero es necesario recordar también que aquella es una sociedad eminentemente aristocrática [...] esto es una verdadera irrisión del sufragio, base de todas las instituciones populares. Vivamos nuestra propia vida [...] porque ya tenemos elementos suficientes para encaminarnos nosotros mismos hacia el punto de nuestras grandes aspiraciones muy nuestras supremas esperanzas” . Pensar lo nacional desde lo nacional; rareza sin lugar a dudas para una época signada por el discurso dominante que subestimaba todo lo vernáculo y glorificaba todo lo foráneo. Seguramente debido a ello haya sido caracterizado Alem como uno de los primeros “revisionistas” de la historia oficial .

Por último podemos decir que para el fundador del radicalismo el respeto a la ley es el único móvil de la acción, pero cuando solo se “oye la voz de los opresores y nunca la de los oprimidos” es preciso instituir otro cuerpo de leyes. Esto solo puede hacerse por intermedio de una revolución. Es aquí en donde adquiere sentido su defensa al derecho del pueblo a la revolución.

D.- Tercera etapa 1890-1891: Articulando al movimiento popular para la revolución.

 

Para los liberales de la época “la historia de la Argentina había empezado en 1880” . Pero la historia oficial no pudo suprimir el movimiento nacional y popular. Estamos en la etapa en donde Alem, al articular a la comunidad política rompe, con la “ficción monocultural que mutila sus raíces históricas” .

El propósito de Alem era articular políticamente esta comunidad afirmando su identidad y su deseo de no perecer. Sostenía la democratización del Estado y dejaba al desnudo la diferencia entre nación y aparato estatal. El Estado nación era lisa y llanamente un Estado usurpado.

Alem refuta la pregunta que sonaba en los oídos de los sectores dirigentes vernáculos durante todo el siglo XIX: ¿Cómo construir una República si solo había habitantes y no ciudadanos? García Raggio nos dice que la clave para ellos estaba en la dimensión política:”Pero, si emanciparse significa civilizarse, y si no existe pertenencia, ni identidades previas en las cuales reconocerse, lo que se requiere es un cambio radical de idiosincrasia de estos pueblos” . El líder radical mostraba, una vez más en la historia de nuestra organización política, que sí existía una identidad preexistente y que no tenía ninguna intención de desaparecer. En coincidencia con la autora en Sarmiento y Alberdi se encuentra una matriz estatalista del cambio político. Es justamente, como veremos, esa política estatalista la que cuestiona Alem acusándola de “asfixiar a la nacionalidad”. Esta postura lo llevará a asumir un ferviente autonomismo, contracara de su fobia a este poder central en construcción.

El líder radical tuvo la capacidad política para deconstruir la asimilación entre identidad comunitaria y la identidad estatal. El aparato estatal desde el gobierno de Mitre en adelante tuvo la intención de construir, desde el Estado, un nuevo ciudadano, una nueva identidad política, funcional a los requerimientos del progreso capitalista relacionados con la imposición de una determinada división internacional del trabajo.

Leandro Alem centrará su lucha por la consagración del sufragio, no obstante, el sentido que le otorga a esta lucha es diferente con respecto al de la primera etapa. Ahora no se trata de una medida propia del reformismo progresista de su juventud, se trata de una iniciativa vital para frenar el proyecto liberal antidemocrático. La nacionalidad, por intermedio del ejercicio del voto podría terminar con la “asfixia” que la amenaza con perecer. El sufragio en esta etapa representa ser un proyecto tendiente a defender la tradición, por consiguiente presenta un aspecto antiprogresista. Lo podemos también plantear desde un sentido inverso, desde la visión liberal: el ejercicio de los derechos políticos por parte de los sectores populares resultaba una amenaza ostensible para el orden y el progreso. Retomando la idea central del artículo, decimos que si no se vincula el presente de Alem, en el cual luchaba por la consagración del sufragio, con la interpretación que este hacía del proceso histórico y de su lucha por afirmar una identidad colectiva censurada por un Estado nación que se consolidaría con la Federalización de la Ciudad de Buenos Aires en 1880, se puede arribar a conclusiones, para nosotros, extraviadas. Por ejemplo la que sostiene que Alem pretendía incorporarle, desde un punto de vista modernizador, al liberalismo económico de la época los derechos políticos del liberalismo. Su intención no pasaba por reforzar al liberalismo de su época. Nada más lejos de las intenciones del líder radical. Alem estaba convencido del proyecto antipopular del nuevo Estado nación, que entre uno de sus objetivos centrales pretendía reemplazar a la población nativa debido al “decreto oficial” que sentenciaba la impericia de esta para amoldarse a las exigencias de la economía capitalista. Alem sabía que con elecciones limpias podía frenar este proceso de redistribución de poder que se había acelerado de Caseros a esta parte. La interpretación histórico política que realizó Alem y continuó Yrigoyen acerca de la lucha por afirmar una identidad nacional amenazada por el Estado Nación liberal constituye, para nosotros, la clave de lo que será, más adelante, el éxito radical. Alem no lo pudo ver, pero así ocurrió cuando en la primera elección limpia ocurrida en Santa Fe el 31 de marzo de 1912 ganó el radicalismo. La campaña electoral se había centrado “en la evocación del pasado”, en la defensa de la “argentinidad” ante la “tragedia de Pavón”. “El orgullo del pasado argentino y el anhelo de revivirlo en alguno de sus nobles aspectos, eso es la Unión Cívica Radical; y nadie comprenderá este movimiento político original y profundo si así no lo entiende” sostendrá uno de los máximos responsables de esta campaña electoral . El pronóstico de Alem tampoco fallaría en la elección nacional de 1916, triunfaría su sobrino Hipólito Yrigoyen. En este sentido, intentamos remarcar que en el discurso del radicalismo se apela, por lo tanto, más a la tradición que a la innovación. Los liberales eran los que prácticamente tenían el monopolio de la trasformación, esa actitud “simiesca”, en términos jauretcherianos, a la imitación constante de cuanta cosa pasara en Europa.

La crisis económica de 1890 aparece como una oportunidad, como una instantánea prerrevolucionaria. Cuenta con la legitimidad que otorga el hecho de anticipar este escenario político. La revolución sería el camino para enfrentar ese “régimen funesto” que se había consolidado con la Federalización. Pretendía romper con un Congreso, con instituciones que no representan el sentir del pueblo, lugares en donde se escucha únicamente la “voz de los opresores y nunca la de los oprimidos” . El pueblo necesitaba esta revolución, “el pueblo argentino: estaba sediento de libertad, de justicia de moralidad”. “la revolución de julio vino a ser entonces una verdadera reconquista, un verdadero renacimiento; fue la reconquista del derecho, la reconquista de las libertades públicas [...] fue el levantamiento del espíritu público; fue la salvación de nuestra honra nacional” [...]. Con la revolución se animaba “el espíritu popular” que no es otro que el de la nacionalidad oprimida. “Soy revolucionario –debo confesarlo con franqueza- soy revolucionario en el alto concepto de la palabra; no hago profesión de la revolución –sé perfectamente que es un recurso extremo y un derecho supremo de los pueblos-; es la ley natural [...] Es la defensa legítima que se hace por los pueblos [...]” . El “verdadero agresor” es la oligarquía que no permite que un pueblo desarrolle sus propias formas políticas. “[...] los pueblos, como los individuos, deben ser artífices de sus propios destinos”.

A medida que se construirá esta reacción, a medida que tomará forma un solidificado sujeto político, a partir de la articulación entre Buenos Aires y el interior irá apareciendo nuevamente la figura de Alem. Este, ya caracterizado bajo el rótulo de “profeta” ya que lo denunciado otrora era en la actualidad la más dura realidad, volverá a la actividad política. Con una virulencia enorme, con una actitud intempestiva será elegido presidente de la Unión Cívica de la Juventud, luego jefe civil de la Revolución del 90', constituirá la Unión Cívica, terminará con la carrera y el prestigio político de Mitre, fundará la Unión Cívica Radical, defenderá el derecho de los pueblos a la revolución armada, hará revoluciones en el interior del país, será proclamado presidente provisional de la Argentina y pondrá, por lo tanto en vilo a todo un régimen.

La Revolución del Parque, producida en el 26 de julio, comienza, tiempo atrás, con un encuentro de jóvenes porteños, que ante una acto de la juventud “oficial” en apoyo del Presidente Juárez Celman deciden reunirse en el Jardín Florida a marcar sus disidencias. Se constituía de esta manera la Unión Cívica de la Juventud.

El 13 de abril Barroataveña entregó la presidencia a Leandro Alem, un histórico adversario de Mitre. Esta confluencia de hombres provenientes de distintas extracciones hizo que los planteos sean bastante generales. Por ejemplo sostenían la necesidad de respetar las libertades políticas consagradas en la Constitución, puntualmente las que hacían referencia al carácter libre y secreto del voto. El ejercicio del derecho al voto parecía ser el punto en donde todos coincidían. Sin embargo a lo largo de este proceso se producirán muchas desafecciones a medida que se insinuaban otros ejes a impulsar. Alem tenía en mente realizar en algún momento una revolución de carácter nacional, a este efecto era fundamental incorporar a las nuevas fuerzas sociales y políticas del interior. Esta fue la primera decisión política de Alem de romper con el espíritu porteñista y arribista que prevalecía en importantes sectores del movimiento revolucionario del 90'.

Ya estaba el germen revolucionario activo. Estallaría por el 89 con el acto que realizaría la juventud en el Jardín Florida. Desde aquí hasta el acto realizado en el Frontón estos sectores opositores actuaron con un espíritu revolucionario. Organizaron comités en las distintas parroquias de Buenos Aires, desde aquí difundían las proclamas del movimiento con el objeto de agitar a los habitantes de la ciudad. La novedad era que la forma de hacer y de pensar la política comenzaba a invertirse. Los de “abajo” comenzaban a articularse políticamente. El pueblo, de los barrios periféricos como Balvanera y más tarde los del interior, asumía su condición de sujeto político en detrimento de los liderazgos personales.

Pasemos al estudio del discurso de Alem del 13 de abril de 1890 en el Frontón. Desde el comienzo centra su discurso en el sentir patriótico: se refiere el “espectáculo consolador para el patriotismo de esta imponente asamblea”, que “no omitirá ni fatigas ni esfuerzos, ni sacrificios ni responsabilidades de ningún género para responder a la patriótica misión” que se le ha confiado (había sido nombrado presidente de la Unión Cívica). Dirá seguidamente que “una vibración profunda conmueve todas mis fibras patrióticas al contemplar la resurrección del espíritu cívico”. Y asumiendo nuevamente una posición ante la relación antinómica que marcará a fuego el desarrollo cultural de nuestro país dice: “una felicitación al pueblo de las nobles tradiciones, que ha cumplido en hora tan infausta sus sagrados deberes. No es solamente un ejercicio de un derecho, no es solamente el cumplimiento del deber cívico; es algo más, es la imperiosa exigencia de nuestra dignidad ultrajada, de nuestra personalidad abatida; es algo más todavía, señores, es el grito de ultratumba, es la voz airada de nuestros beneméritos mayores que nos piden cuenta del sagrado testamento cuyo cumplimiento nos encomendaron”. Con toda virulencia Alem marca un camino alternativo en este “meeting” fundador. No queda acorralado en un discurso de moral administrativa, no se agota en planteos de corte electoral. Pretende desde el inicio radicalizar ese encuentro. Intenta vincularlo con la tradición ultrajada por el liberalismo de la época, de esta manera intenta que recobre fuerza esta tradición reprimida. Se aleja de planteos coyunturales, contingentes, pretende darle fuerza al involucrar en el marco de la lucha por la cultura nacional y popular en contra de la elitista y extranjerizante. “La vida política en un pueblo marca la condición en que se encuentra, marca su nivel moral, marca el temple y la energía de su carácter. El pueblo donde no hay vida política es un pueblo corrompido y en decadencia, o es víctima de una brutal opresión”, “vamos a ser dignos hijos de los que fundaron las Provincias Unidas del Río de la Plata”. De modo seguido da cuenta, con un sentido muy moderno, de la función concientizadora del partido político: ”la vida política forma a esos grandes agrupamientos que, llámeseles como éstas, populares, o llámeseles partidos políticos, son las que desenvuelven la personalidad del ciudadano, le dan conciencia de su derecho y el sentimiento de la solidaridad en los destinos comunes”. En el marco de la lucha se necesitará este tipo de instrumentos para articular la resistencia a las fuerzas centralizadoras que oprimen la “nacionalidad”. Alem invierte la dicotomía histórica y acusa de “bárbaros” a los civilizadores. “para hacer buena política se necesita grandes móviles, se necesita buena fe, honradez, nobles ideales, se necesita en una palabra patriotismo” y no “especulación aventureras para que ganen los parásitos del poder”.

Con relación a la tensión entre las “dos nacionalidades” el discurso de Alem contrastará con el de Mitre. Para este último las divisiones del pasado han sido “cuestiones transitorias” que deben ser superadas a partir de la unión de todos los argentinos en la búsqueda de medidas tendientes al ”el bien común”. La juventud, reunida en el Frontón, deberá partir desde este punto y agotarse en reclamos que tengan que ver con la posibilidad de compartir el gobierno: “está encomendada por la ley del tiempo a gobernarla en días muy cercanos”. Y deja en claro cual su posición con respecto al alcance de la futura revolución al sostener que la protesta no debe superar ciertos límites: “Pisamos el único y último punto del terreno constitucional del que no hemos sido expulsados. Mantengámonos en él, con el firme propósito de reconquistar el terreno perdido pugnando siempre por nuestros derechos comprometidos”. Para Mitre, a diferencia de Alem, no hay mandato histórico, ni lucha de proyectos culturales solo se plantea la necesidad de contar con un “buen gobierno” que permita “moralizar la vida pública”. Estas diferencias, conceptuales, de propósitos y funciones del movimiento insurgente, permiten comprender los futuros enfrentamientos entre ambas personalidades , las rupturas que dieron origen a la Unión Cívica Radical y al ocaso político de Mitre y su partido a partir de la denominada “política del acuerdo”.

Ahora cuando nos alejamos de los discursos y tomamos la proclama revolucionaria notamos el pasaje de lo específico y personal a lo general y aglutinante. En el manifiesto de la junta revolucionaria pretende concentrarse en un reclamo puntual a los efectos de garantizar la cohesión del movimiento. Debido a ello el planteo se centrará en el cumplimiento de la Constitución Nacional, en la necesidad “para salvar a la patria” de implementar elecciones limpias que permitan terminar con “un gobierno que representa la ilegalidad y la corrupción”. También se afirma el carácter centralista del gobierno denunciando que “no hay república, no hay sistema federal”.

¿Cuál era el alcance que Alem quería darle a la revolución? Sostenemos que el máximo posible de acuerdo a las limitaciones objetivas de la época, superaba la idea de una revolución exclusivamente política, pretendía alcanzar una de carácter social , en este marco se inscribe su intención de construir un relato histórico capaz de articular exitosamente la comunidad política de su época. Esta posición se deja percibir en la defensa que Alem sostuvo, no sin críticas de sus pares liberales, de la denominada “época del terror” de la Francia revolucionaria . No obstante, la revolución del 90 la realizan sectores muy disímiles cuyas visiones acerca del alcance son contrapuestas. Alem tendrá la necesidad de depurar al movimiento revolucionario expulsando a los sectores liberales mitristas y su respectivo espíritu porteñista, para pasar a la construcción política del primer partido nacional: la Unión Cívica Radical, cuya inicial tarea será la de realizar una revolución en todo el país apelando discursivamente al contenido que Leandro Alem hiciera en el marco de su auto afirmación identitaria.

 

E.-Conclusión.

Decíamos en la introducción que en una importante cantidad de trabajos sobre el radicalismo la figura de Leandro Alem aparece bajo el rótulo ideológico liberal. Esta clasificación presenta, para nosotros, algunas limitaciones. A los efectos de superarlas hemos propuesto dar cuenta de la actividad política de Leandro Alem a los largo de un continuo que nos permite captar un proceso de auto afirmación identitaria. En su marco realiza una reinterpretación del proceso histórico de nuestro país describiendo dos tendencias históricas que lo configuran: la unitaria y liberal y la federal y nacional. Luego de esta elaboración Alem se auto inscribe en una de estas tendencias rompiendo, de esta manera, con una concepción acerca de la política que tenía desde joven. Sin embargo esto no es captado por los trabajos mencionados que terminan anclando su figura en la primera etapa por nosotros estipulada. Las consecuencias no ahorran perjuicios. Se desvincula al radicalismo con el proceso histórico y emerge en la escena pública (Revolución del 90) como un partido nuevo y modernizante. A los efectos de avanzar hacia una mejor comprensión intentamos remarcar que un cabal análisis del radicalismo y de sus dirigentes debe comprender su vinculación con el proceso histórico. Como hemos remarcado, a lo largo del trabajo, los elementos que lo unen son demasiados como para ser soslayados.

 

 

Dado los requerimientos de presentación de ponencias nos limitamos a presentar la primera parte de este ensayo sobre el Radicalismo cuyo título original hemos decidido mantener. Este se ocupa de la figura de Alem antes de la fundación de la UCR. El trabajo consta de tres partes; la segunda se ocupa de la fundación del partido y la tercera de la figura de Hipólito Yrigoyen.

A este efecto tomaremos como referencia el trabajo de Patrice Vermeren y el contrapunto que este desarrolla entre las concepciones de Habermas y Rancière en Quiroga, H. Villavicencio, S. Vermeren, Patrice (comp.). Filosofías de la ciudadanía. Homosapiens. Buenos Aires1999. También tomaremos los trabajos de Vera Waksman, Gabriela Domeq, Pablo Gilabert y Gabriel Nardacchione en La acción política: perspectivas filosóficas. Naishtat, Francisco (comp.). Gedisa. Barcelona. 2002. Los dos primeros se refieren a Kant y los restantes a Habermas.

Sobre esta temática nos valdremos del aporte de Hugo Biagini cuyos trabajos serán expuestos oportunamente.

Romero, José Luis. Las ideas políticas en Argentina. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 1999. p.219.

Waksman, Vera. En “La acción y la política: perspectivas filosóficas”. Naishtat, Francisco (comp.). Gedisa. Barcelona 2002. p.95.

Manacorda, Telmo. Alem. Un caudillo. Una época. Sudamericana. Buenos Aires 1941. p.100.

Chiaramonte, Juan Carlos. Nacionalismo y liberalismo económico en Argentina. Hyspamérica. Buenos Aires 1986. p.171.

Oszlak, Oscar. La conquista del orden político y la formación histórica del Estado argentino (1862-1880).

Sívori, José F. Além. El Tribuno del pueblo. Ediciones Alpe. Buenos Aires. 1956. p.20.

Idem. p.20-21.

Op.cit. Chiaramonte.p172.173.

Barba, Fernando E. Los autonomistas del 70. Auge y frustración de un movimiento provincial con vocación nacional. Pleamar. 1976. p.15.

El conflicto entre el gaucho y el juez de paz lo refleja espléndidamente la novela de Carlos Gamerro, El sueño del señor juez . Sudamericana. Buenos Aires, 2000. A los efectos de vincularlo con el manifiesto podemos decir que la elección democrática del juez de paz representa una defensa y a la vez una reivindicación del gaucho ante los abusos de las particulares instituciones del estado que pretenden imponerse regulando, como se muestra en la novela, hasta los sueños de estos.

El desarraigo está presente en el siguiente verso “tuve en mi pago en un tiempo hijos, hacienda y mujer, pero empecé a padecer, me echaron a la frontera, ¡Y que iba hallar al volver! Tan solo hallé la tapera. Hernández, José. Martín Fierro . Editorial Karten. Buenos Aires 1984. p.42.

Op.cit. Sívori, José F. El Tribuno del pueblo. p.25.

Al radicalismo siempre se lo ha acusado de ser un partido sin programa. Quizá pueda entenderse esta situación ante la frustrada experiencia de Alem e Yrigoyen de pretender ser tenidos en cuenta mediante la elaboración de programas en los clubes políticos mencionados. Al radicalizar sus posturas sostendrán que su único “programa” será la Constitución solo a través de su cumplimiento podrá expresarse la nacionalidad oprimida. Yrigoyen, según cuenta Caballero, denominaba a todo lo que estuviera por debajo de la Constitución como“programitas”. Lejos de la elaboración y difusión de estos el lider radical optó por otros caminos más radicalizados como el de la insurrección, la revolución y la abstención a los efectos de enfrentar la negativa de los liberales a permitir que los sectores populares puedan ejercer sus derechos políticos vulnerados.

Alem, Leandro. Obras Parlamentarias. H.Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires. La Plata 1949. Tomo I. p.242.

Idem. p.85.

Idem. p.85.

Idem. p.94.

Op. cit. Barba, Fernando E. p.31.

Modo en que se referían a Alem sus opositores. También se le decía “rojo” o como lo llamó Groussac un “Saint Just sin belleza”.

Op.cit. Quiroga, H. Villavicencio, S. Vermeren, Patrice. p.30

Op.cit. Quiroga, H. Villavicencio, S. Vermeren, Patrice, en Gilabert, Pablo. La reformulación de Habermas de la teoria crítica en términos de una teoria de la acción comunicativa, p.184.

Alem, Leandro. Autonomismo y Centralismo. Raigal. Buenos Aires. 1954. p.8. El único personaje que en más de una oportunidad será elogiado por éste será Mariano Moreno. Dirá de él: “El ilustre Moreno, que fue tal vez el único que comprendió desde el primer instante el alcance y el espíritu de nuestra revolución, no era unitario como han creído algunos. Fue el primero que en 1811 apuntó la idea que más tarde debiera propagarse sirviendo de base a nuestro sistema”.

Idem. p.145.

Ibidem. p.5.

Biagini, Hugo. Filosofía americana e identidad. Eudeba. Buenos Aires, 1989. p.7.

Idem. p.7.

Idem. p.40.

Etchepareborda, Roberto. Tres revoluciones. Pleamar. Buenos Aires 1987. p.98.

Op.cit. Autonomismo y Centralismo. p.37.

Biagini, Hugo. La generación del ochenta. Losada. Buenos Aires 1995. p.26.

Esto es reflejado por la literatura. Podemos traer, en este sentido, el deseo de Mauricio Gómez Herrera por convertirse en una“hombre grave” de la política lo lleva a dar su primer discurso en el corralón de Varela en su pago Los Sunchos. El sabía que todo político debía tener excelente oratoria y también comprendía que palabras claves enunciar. Confesando a modo de complicidad con el lector dice que el contenido lo extrajo, “palabras más palabras menos”, de la editorial del diario oficialista. Y dijo: “las ambiciones desmedidas de algunos ciudadanos suelen poner en peligro la marcha de nuestro partido, el más noble, el más puro, el más progresista, el único que se ha mostrado capaz de gobernar” (Roberto Payro. Las divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira, CEAL, Buenos Aires 1991). En la novela de Julián Martel este conglomerado conceptual aparece con nitidez cuando Fouchez les presenta a sus pares un negocio turbio para llevar a cabo: “Y empezó a hablar con la mayor frescura de una porción de cosas sorprendentes. El tenía un proyecto, un grande, un verdadero proyecto, de fácil, de facilísima ejecución. Las gentes demasiado timoratas, podían es cierto, poner algunas objeciones. ¡Oh! Pero el sabía que estaba entre personas liberales, liberalísimas (y recargaba la palabra), en cuyo claro entendimiento no tenían, no podían tener entrada ciertos escrúpulos” (Julián Martel, La Bolsa. Americana, Buenos Aires 1942)

Op.cit. Autonomismo y Centralismo. p.167.

Op.cit. Autonomismo y Centralismo. p.117.

Idem. p.130.

Idem.p.141.

Orgambide, Pedro. Leandro N. Alem. Atlántida. Buenos Aires 2000. p.73.

Op.cit. Autonomismo y Centralismo. p.17.

Idem. p. 24.

Jauretche, Arturo. Política Nacional y Revisionismo Histórico. La Siringa. Buenos Aires, 1959. p.36.

Alonso, Paula. Entre la revolución y las urnas. Sudamericana. Buenos Aires. 1994. p.150.

Chumbita, Hugo. El americanismo de los revolucionarios de 1810. Rev. Ciudadanos Nº 5. Buenos Aires. 2002. p.113.

G.Raggio. Filosofía y ciudadanía pag.95.

El proceso de afirmación identitaria, inscripto en el proceso histórico de nuestro país, es soslayado en el trabajo de David Rock. Solo se hace una mención, de carácter reduccionista y peyorativo, al sostener que “el radicalismo operaba sobre la base de cierto número de slogan”. Juicio demasiado categórico para un trabajo que no aborda esta problemática. El radicalismo argentino 1890-1930. Amorroutu Editores. Buenos Aires 1992. p.53.

Así lo refleja el libro de Ricardo Caballero que si bien se titula “Yrigoyen y la conspiración civil y militar del 4 de febrero de 1905” también comprende hasta los primeros años de su presidencia incluyendo dicha campaña electoral de 1912..

Paula Alonso refleja esta caraterística del discurso radical al sostener que “los radicales se representaban a sí mismos como los guardianes de la tradiciones del país (...)” sin embargo toma como punto de partida la Constitución del 53. Nosotros hemos remarcado como Alem lleva más atrás este punto ubicándolo en la Revolución de Mayo en donde comienzan a notarse sus extravíos porteñistas y antipopulares.

Op.cit. Autonomismo y Centralismo. p.169.

Op.cit. Autonomismo y Centralismo. p.173.

Op.cit. Autonomismo y Centralismo. p.181.

Alem, Leandro. Testamento político. “Ahí está mi labor y mi acción...luchando siempre de abajo”. “Entrego, pues, mi labor y mi memoria al juicio del pueblo”.

Ver, por ejemplo, el enfrentamiento por el desarrollo de la revolución del 90 entre el mitrista Campos -Jefe militar de esta- y Alem -su Jefe civil-.

Algunos trabajos han enfatizado esta posibilidad. Ver, por ejemplo D. W. Richmond, Carlos Pellegrini and the crisis of de Argentine Elites, 1880-1916, Buenos Aires 1989.

En la sesión del 17 de septiembre de 1879 con respecto al debate de nacionalizar las milicias Alem le contestaba a los que agitaban el “fantasma” de la revolución francesa: “Aquél no fue un movimiento político. Aquello fue una revolución social. No se cambiaba solamente el gobierno, se cambiaba toda la sociedad. No se trataba de sustituir un rey por un presidente, un directorio o un consulado. Era la monarquía, la nobleza, el clero, el privilegio que se venían abajo (...) y digan lo que quieran todos aquellos que siempre buscan el punto sombrío de las evoluciones humanas para darse el gusto de pronunciar un anatema, la actual sociedad francesa, la Francia moderna, la Francia democrática que tantos fulgores ha desprendido de su seno sobre otras comarcas de su continente, procede de 1789 y 1793”.